miércoles, 2 de mayo de 2007

SENTADO SOLO Y CONTIGO




Sentado,
el café,
la cuchara que se desliza
en la espuma distraída
y toma vida con aroma
inmediata y solitaria,

Tomé el último sorbo
y en el fondo,
siluetas caprichosas
se mueven pardas
en el ajamiento de la taza.

Estabas entre sus contornos
enlazada,
risueña,
con amarillos y marrones
de rebrotados albores
y descalza...
apisonabas hojas crujientes del otoño,
colmadas de sombra clara
y sol.



martes, 1 de mayo de 2007

DEVOCION

Por las tardes paseaba por las veredas centrales de la plaza dando la vuelta al perro, como decimos en mi pueblo.

Lo hacía casi todos los días me encontraba con mis amigos, nos sentábamos en un banco donde cabíamos cuatro, y los demás se sentaban en el suelo. Conversábamos, jugábamos. Las bicicletas quedaban tiradas en el suelo, apoyadas en los árboles, o en la zanja de la calle.

Mis amigos y yo habíamos nacido en el pueblo, nos criábamos, jugábamos y nos aburríamos en él.

La plaza era inmensa, ocupaba dos manzanas y estaba perfectamente cuidada. En el centro había una estatua inmensa en honor al fundador del pueblo, acontecimiento que había sucedido hace más de ciento sesenta años. Por lo menos así nos enseñaron en la escuela.

En el costado norte del centro de la plaza, bajo la escolta de la mirada de bronce del Fundador, había una fuente con un pequeño lago y al fondo de la misma una explanada donde todos los domingos por la tardecita, tocaba la banda de la policía mientras los vecinos paseaban y los hijos de los vecinos correteábamos y jugábamos.
Nadie atendía a la música de la banda, el repertorio era siempre el mismo. Pero íbamos a la plaza a esa hora el domingo y las actividades de mi pueblo en ese día, necesitaban de esa música de fondo.

Los músicos eran del pueblo, amigos de todos. Pero ese día y en ése tiempo, parecían llegar de algún lugar extraño y se instalaban parsimoniosos e indiferentes en la explanada de la fuente¡ tocaban y parecía que lo hacían para ellos únicamente.

Otra porción del pueblo se instalaba en las veredas exteriores de la plaza, o se sentaban frente a la Iglesia. Las dos solteronas Menéndez, ocupaban siempre el mismo banco frente a la puerta de entrada de la parroquia, que era a su vez donde vivía el cura del pueblo. Otros se quedaban en el auto con la familia.

Cada domingo el rito era el mismo.

Mi pueblo era pequeño pero respetuoso de las buenas costumbres, las señoras iban a misa los domingos, algunas a la de ocho y otras a la de diez.

Los sábados por la tarde, el cura tenía mucho trabajo, creo que era el día de la semana que más trabajaba.
Todo el pueblo se iba a confesar. Creo que pecarían mucho durante la semana, porque el confesionario estaba siempre lleno¡ aún las señoras más respetables del pueblo iban a confesarse y había señoras que se comulgaban no sólo los domingos sino los días.

Las veía pasar durante la semana a misa de siete y cuando entraban a la iglesia, se persignaban en la fuente con agua bendita, se arrodillaban persignándose de nuevo en el pasillo del centro de la nave principal, para luego ir al confesionario. El cura las atendía y se comulgaban en misa.

El cura era muy respetado en el pueblo, su palabra era bendita. Según escuchaba, el presidente de la comuna lo visitaba por lo menos dos veces por semana, y lo invitaba a almorzar con la familia. Fuera de sábados y domingo, el cura no tenía tanto trabajo y algunas mujeres del pueblo se turnaban para mantener la iglesia y la sacristía limpia y en orden.

Yo tenía doce años y las señoritas Menéndez eran un misterio para mí. No podía explicarme con que pecaban tanto para ir todas las tardes a la iglesia.

Creo que se llamaban Clotilde y Margarita, pero nunca supe cual era quien. Vivían solas en el pueblo en un caserón inmenso donde pasaban casi todo el día tejiendo y cosiendo para afuera. Sólo salían a hacer los mandados cotidianos.

Pensaba que a lo mejor en sus costuras y tejidos estaba la causa de sus pecados, cuando se equivocaban de punto o cuando cortaban mal algún pantalón o vestido que les encargaban y entonces -suponía yo-, que eso era el pecado que las llevaba confesarse todos los días.

Las señoritas Menéndez, eran muy conocidas en el pueblo, por su devoción, por sus costuras y tejidos y sus salidas por las tardes a la iglesia. Era una tradición que cuando ellas pasaran, alguien dijera: "deben ser como las cinco y media porque ahí pasan las solteronas". Ello sucedía a la ida a la iglesia, porque a la vuelta, volvían por diferentes caminos cada día.

No podía explicarme que de las señoritas Menéndez fueran tan devotas y a la vez tan pecadoras.

Una tarde, estaba en la plaza jugando con la bicicleta y las vi entrar a la iglesia. Mi curiosidad pudo mas que mi juego, y sin que me viesen ingresé tras ellas.

Se persignaron con agua bendita, se acomodaron la mantilla y caminaron hacia el altar por el pasillo de la nave principal hasta llegar a la primera fila de bancos donde se arrodillaron respetuosamente ante el altar y luego se acomodaron en el banco de la derecha.

Sin siquiera cruzarse una mirada entre ellas, la más alta, creo que Clotilde, se arrodilló, sacó el rosario y se puso rezar devotamente. Margarita en cambio no se quedó sentada, sino que subió al altar y entró por la puerta que da a la sacristía.

Yo estaba escondido detrás del altar de un santo, en el ala izquierda de la iglesia y desde allí podía observar tranquilo y sin que me viesen.

Menos mal que pude sentarme en un escalón de ese altar porque Margarita tardó mucho tiempo en salir de la sacristía. Al rato la vi volver al banco donde estaba la hermana rezando. Venía acomodándose la ropa y se ordenó la mantilla y el cabello.

Ambas rezaron juntas un rato, hasta que salió el cura de la sacristía y se dirigió al confesionario, se lo veía contento. Muy pocas veces lo vi sonreír al cura del pueblo.

Margarita se levantó devotamente, se arrodilló ante el cura en el confesionario y luego volvió a rezar junto a la hermana hasta que se levantaron, se persignaron y salieron de la iglesia.
Volví a la plaza a recoger la bicicleta, pero me quedó la duda de porque sólo una de las hermanas se confesaba y la otra no, ¿será que Margarita es la pecadora y Clotilde la devota?

A la tarde siguiente, mientras jugaba con mis amigos en la plaza, vi que Margarita y Clotilde entraban a la iglesia como todas las tardes, a la misma hora.

No le di mayor importancia y seguí jugando. Cuando mis amigos se fueron, monté la bicicleta para volver a casa, pero me saltó la duda de la tarde anterior. Me bajé, dejé apoyada la bicicleta en un árbol de la plaza y volví a entrar a la iglesia, me acomodé en el mismo lugar y la vi a Margarita sola rezando en el mismo banco del día anterior y con el rosario en la mano.

Poco después salía Clotilde de la sacristía, se estaba abrochando los botones de la blusa que llevaba puesta. Se sentó al lado de su hermana y se ató el rodete del pelo pasando la mano por debajo de la mantilla, ahí me di cuenta que tenía el cabello suelto. El rodete de Clotilde era famoso en el pueblo porque siempre se lo hacía de la misma forma y jamás la habían visto con el pelo suelto y menos cuando iban a la iglesia.

Al rato salió el cura de la sacristía hacia el confesionario con cara de satisfecho y Clotilde, devotamente se levantó y arrodilló ante él en el confesionario, luego volvió a rezar por un rato junto a su hermana.

Después ambas se levantaron y salieron de la iglesia rumbo a su casa.

Me parecía que no podían ser tan pecadoras, sí eran muy devotas. Mientras una rezaba y la otra pecaba.