Desde hace mas de un año que vengo cada semana a charlar
con vos y aún seguís indiferente conmigo. Sé que no soy el único que te visita,
pero sí el que te habla. Cada vez que te cuento de nuevos recuerdos, sólo
respondes con el fluir interminable de
tu cántaro.
¿Te acordás aquella vez, aquél sábado frío de
invierno en que estábamos conversando debajo del jacarandá deshojado?
Yo estaba sentado en el borde de la fuente y me
salpicabas de a rato, parecía que te empeñabas en hacerme sentir más frío.
Me contabas que la ciudad aún estaba lejos de donde
vos habitás y que veces te sentías sola,
sobre todo en los atardeceres, que el ocaso no era sólo tuyo, que el sol se sosegaba
y que sentías como el silencio te invadía lentamente.
Me decías que el bullicio del día se aplacaba en
esa hora pero más que eso, decías que se trasladaba a los hogares, que solías
ver cómo las casas que te rodeaban comenzaban a iluminarse, que los vidrios de
las ventanas se empañaban del aliento hogareño. Los chillidos de los niños y las
voces de los padres era la algarabía que presidía al silencio cansado de la
noche que se iba durmiendo.
Fijate en algo, el jacarandá es el mismo de aquella
vez, solo un poco mas viejo, las rugosidades de su tronco son mas pronunciadas.
¿Te diste cuenta que siempre que te visito, se mueve
silencioso como queriendo decir algo mientras escucha nuestra charla?
Es un
susurro muy leve que no alcanzo a oír a pesar de su esmerado movimiento.
No sé exactamente si vos percibís lo que él quiere
decir. Por lo menos a mí no me lo decís, pero veo que le hacés una sonrisa con tu
mirada hacia el cántaro.
No alcanzo a entender el significado de eso, pero
presiento que entre él y vos se entienden.
Aún así, no siento que escondés algún secreto, solo
creo que es tu amigo o tu cómplice en estas soledades.
Él oye el riego constante de tu cántaro y vos
escuchas su meneado susurro.
Me pareció que algo me dijiste hace un rato, no
presté atención. No por indiferencia, sino
porque justo en ese momento se posó un zorzal sobre tu cántaro y bebió,
seguro que eso me distrajo y no escuché lo que me decías.
Sí en cambio oí cuando me contabas que la sombra
del jacarandá te abrazaba cada atardecer.
Debo confesar que me dio algo de celos, pero
también debo decirte que te lo merecés, porque soy incapaz de hacerte esa
caricia, sólo vengo una vez en la semana y si quizás esperás más de mí, no
puedo, no porque no quisiera, sino porque los atardeceres a mí me entristecen,
no sé por qué y eso que un poco mas tarde vuelve a amanecer.
¿Será quizás por lo fastidioso del momento que
media entre uno y otro?
No sé, pero me entristecen, a veces camino por
horas sin rumbo esperando que el amanecer llegue más temprano.
Otras veces de tanto esperarlo, me quedo dormido
pero él pasa sin molestarme. Sí siento que me cobija, que me abriga. Supongo
que debe ser algo parecido a lo que te pasa con la sombra del jacarandá.
¿Hablo demasiado?
Bueno, lo hago para que sepas que estás acompañada,
para que esa inmutable soledad que te condena, no te sea tan tediosa.
Pero
te confieso que también lo hago para que no me seas indiferente, para que
alguna tarde de estas yo pueda sentir que me sonríes y me miras.
Antonio
M. Yapur